Es fácil imaginarte tu propia realidad: ahí eres inmortal y nada te toca, solo importas tú y tú eres el mejor, en fin, ¡eres toda una deidad! Solo te falta que el mundo se arrodille ante tí y te rinda
pleitesías. Te preguntas muchas veces por qué no lo hace, pero no le das mucho casco; eres un dios y nada más importa. Piensas que quizás no te alaban porque, pues, esos pobres bastardos en su vida humana tienen mentes muy sencillas como para lograr apreciar la compañía de un ser tan maravilloso como lo eres tú y no les perdonas, sino que los das por incorregibles. En tus capacidades divinas obviamente también existe el perdón, pero solo para tus iguales y como eres único, solo te perdonas a tí mismo. ¿Qué digo? Eres dios, nunca te equivocas y nada más importa.
Entonces, cuando te enfrentas a la realidad real (y valga mucho la redundancia en este caso) te das cuenta de porqué te la imaginaste todo diferente desde un principio y simplemente te propones seguir en la fantasía... total, siempre te ha funcionado, siempre serás un dios.
Sí, siempre serás un dios hasta que te topes de frente con la muerte o la enfermedad o cualquiera de esas cosas terribles en las que nunca nos gusta pensar, quienes no discriminan y les da igual si te crees dios o humano. Entonces, un día simplemente dejas de existir; todos siguen siendo dioses y a nadie le importa.

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