Bien, pues, lo que sigue es otro cuento corto. Este resultó de un ejercicio de escritura que me inventé para matar el aburrimiento. Sucede que se me ocurrió una línea y pensé tuitearla, pero después me quedé pensando en que hacía tiempo que no escribía nada más largo que no fuese para la universidad. Así que se me ocurrió que esa línea sería el final a una historia que me inventaría al momento. He aquí el resultado:
Al límite de la decepción
Esperaba intranquilo alguna noticia mientras se fumaba un cigarrillo afuera: ya no valía la pena guardar sus pulmones para algún posible futuro encantador. Se sentó a pensar y una que otra lágrima se le logró escapar mientras veía toda su vida desmoronarse frente a él. Hacía más seis meses que vivía en casa de sus padres luego de intentar lograr una nueva vida en un país extranjero y fallar terriblemente en el intento. Por su apariencia, era marginado en todos sitios: trabajo, metro, restaurantes, en el edificio en el que vivía... hasta en el hospital al que fue cuando estuvo al borde de una pulmonía lo miraron de reojo antes de ver su pasaporte e identificación para proceder a darle servicios. Se pudo considerar afortunado, ya que fue horas después de salir del hospital, en el camino de regreso a su casa, que le hicieron una encerrona en la que le quitaron todas y cada una de sus pertenencias, incluídas las identificaciones que le salvaban de continuar recibiendo tratos a medias. En esos momentos, se preguntaba qué más podía salir mal; no sabía lo que le esperaba. Desconocía que la desgracia no te espera, te acecha.
Al límite de la decepción
Esperaba intranquilo alguna noticia mientras se fumaba un cigarrillo afuera: ya no valía la pena guardar sus pulmones para algún posible futuro encantador. Se sentó a pensar y una que otra lágrima se le logró escapar mientras veía toda su vida desmoronarse frente a él. Hacía más seis meses que vivía en casa de sus padres luego de intentar lograr una nueva vida en un país extranjero y fallar terriblemente en el intento. Por su apariencia, era marginado en todos sitios: trabajo, metro, restaurantes, en el edificio en el que vivía... hasta en el hospital al que fue cuando estuvo al borde de una pulmonía lo miraron de reojo antes de ver su pasaporte e identificación para proceder a darle servicios. Se pudo considerar afortunado, ya que fue horas después de salir del hospital, en el camino de regreso a su casa, que le hicieron una encerrona en la que le quitaron todas y cada una de sus pertenencias, incluídas las identificaciones que le salvaban de continuar recibiendo tratos a medias. En esos momentos, se preguntaba qué más podía salir mal; no sabía lo que le esperaba. Desconocía que la desgracia no te espera, te acecha.
Al regresar, se topó con la muerte de su madre. Nadie lo anticipó; aunque ya era una mujer un tanto mayor, siempre se le veía bien, cuidaba de sí y nunca faltaba a una cita médica sin antes fijar una nueva fecha para compensar por la ausentada. Lo único que la aquejaba eran dolores de cabeza, pero siempre los había sufrido, por lo que nadie consideró que una aneurisma no se está con miramientos y en sus caprichos, se le aloja a quien quiera. Sabiendo algo de psicología, sabía que a su padre tampoco le restaría mucho tiempo de vida.: un hombre al perder su pareja lo pierde todo, empezando por la paciencia y con su partida llega el estrés y con él se ve comprometido el sistema inmunológico, abriéndole paso a cualquier patógeno, y si a eso le sumaba la edad y la distimia que le diagnosticaron desde sus treinticinco años, nadie queda con un buen cuadro clínico.
Al poco tiempo, su padre ya estaba postrado en cama: el dolor no lo dejaba moverse; no era el cuerpo lo que le dolía, sino el alma y pasó de ser un hombre relativamente activo a un bulto tirado en una cama. Como no podía balancear el trabajo con el cuido de su padre y tampoco podía pagarle a alguien por que lo cuidase por que no tenía el dinero suficiente, se las veía negras más de las veces humanamente tolerables. Quien único pudiese haber hecho algo por su padre era su esposa, pero ella no podía estar haciendo fuerzas; ella se pasaba los días sentada en la casa, sin energías para hacer nada. Por alguna extraña condición, había perdido mucha masa muscular en muy poco tiempo y ningún doctor podía decirle qué era o cómo ayudarla.... Cuando las enfermedades y la desgracia se cuelgan de alguien, se cuelgan y fuerte.
Era él, acompañado, pero solo; contra todos y nadie a la vez. ¿Qué puede hacer un hombre normal ante las enfermedades que aquejan a sus familiares más cercanos, si el dinero que hace en el trabajo a penas le da para comer? Los servicios médicos están al alcance del pudiente solamente. En eso, su esposa pensó aprovecharse de su terrible situación y decidió instalarse en una esquina del pueblo a mendigar lo que pudiese a ver si lograba conseguir aunque fuese solo un poco de dinero extra para aportar a la casa. Su apariencia le facilitaba el trabajo: parecía estar más muerta que viva. Este cambio a él no lo dejaba dormir tranquilo, pero no le quedó más remedio que aceptar que lo hiciera; era eso o saltar unas cuántas comidas a la semana.
Pasaron unos cuántos meses más en los que aprendió a disfrutar al máximo de los días buenos... no por lo buenos, sino por su rareza. De alguna forma extraña lograban subsistir y, aunque las enfermedades ni de su padre o su esposa mejoraban, lograba sacarle una que otra sonrisa a ambos de vez en cuando. Eso era suficiente motivación para él seguir madrugando todos los días y salir a las 5AM para comenzar el único trabajo que consiguió en el que le pagaban más de diez dólares la hora. Su nuevo trabajo era construcción, allí trabajaba descamisado, pues la camisa la usaba de mascarilla, y al sol. Era extenuante, pero cada vez que estaba a punto de darse por vencido, pensaba en la última vez que pudo salir con su esposa antes de que la atacara su enfermedad, antes del infierno. Era bella y él trabajaría día y noche si fuese necesario para poder reestablecer su salud. Día y noche.
Iba ya por su séptimo cigarrillo y aun no pasaba ni media hora desde el primero. Vió al doctor salir y no hubo palabra que se aventurara a salir de ninguno... se supo inevitablemente marcado con el carimbo de la mala suerte: ella ya no iba a estar. Dió una vuelta, ni se molestó en recoger sus cosas y se fue al mismo lugar que van las promesas incumplidas a esperar que la muerte las pase a visitar.

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