jueves, 12 de noviembre de 2009

Agradezcan

Aunque no crean ni en la luz electrica o sean unos vendepatrias hijueputas, den gracias de vez en cuando por haber nacido aquí y contar con sus derechos de libertad de expresión.

Esa oración anterior [junto al título], la había escrito hace un tiempo y dejé eso como la introducción a una entrada del blog que nunca terminé. Ahora, par de meses después, vuelve a tomar importancia. Lo único que, después de ese corto tiempo, ya tiene que ser modificada y, en vez de agradecer, ahora hay que luchar para seguir gozando de nuestros derechos de libertad de expresión.

Ayer, le eché un vistazo al blog de Manolo Matos (Lo que me dicen las voces) y leí acerca de un proyecto de ley que quieren imponer aquí, en Puerto Rico, el cual limita nuestro derecho a la libre expresión vía internet. Mi compañero Manolo no es el único que se ha expresado en contra de este nuevo proyecto de ley, pues habemos muchos otros muy molestos con el asunto, como J. Darko de Cerebro Fucker, Ms. Consciencia desde su Descarga, Kedeus de La Letrina, Edwin Vazquez de Cargas y Descargas, más los que no conozco y los que faltan por quejarse y despotricar en contra de este gobierno de mierda.

Usualmente, vemos que los temas hablados en la blogosfera no se repiten muy a menudo. Yo, por ejemplo, trato de no repetir lo que mis compañeros han dicho por respeto y para no aburrir, pero hay ocasiones en las que amerita que todos repitamos hasta el cansancio ciertos temas y este resulta ser uno de ellos. La situación actual en Puerto Rico empeora día a día y, como dice Edwin Vázquez, "estamos frente a un gobierno que ha pasado de ser uno irresponsable a uno sumamente peligroso" porque atenta en contra de nuestros derechos y, no solo eso, sino que tras que le hemos aguantado los abusos, ¡ahora también quieren que hagamos buche!

Al parecer, ahora el ser "bloguero" se convertirá algo sucio y una forma de la cual nadie querrá ser identificado, como si fuese algo malo. Así como lo es decir que se es gay o ateo o independentista, ahora ser "bloguero" será en una razón para bajar la cabeza y esconderse por miedo a convertirse en parte de una nueva minoría marginada.

Pero nada, veamos el lado positivo de este asunto: unas vacaciones nunca vienen mal, puede que salgamos en las noticias y, por lo menos, sabemos que la pasaremos bien en corillo cuando nos toque pasar nuestra estadía de 6 meses en la cárcel.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

La apuesta

Lo que leerán a continuación se me ocurrió poco después de escribir "Corderitos" y la escribí más o menos para esa misma fecha, pero como resultó ser algo que no va acorde a mí, mis creencias, estilo usual, etc., no lo iba a publicar. Cambié de parecer justo ahora porque llevo ya un par de días sin escribir y no creo que la historia esté taaan mala como para merecer ser condenada a pasar toda su vida como un "borrador".

Ah, se me olvidaba: ¡ya mi blogsito cumplió 1 año! ¡Gracias por leer!

Bueno, a lo que vinimos:
***




"Cada vez son menos y menos los que creen en que existe un Dios..." Dijo con toda la mala intención posible, como suele hacer siempre. La mayoría--sino todos--sus comentarios siempre van en busca de incordiar hasta al más tranquilo e inocente de todos.

"Te apuesto lo contrario. Es más, te voy a probar que todos creen en algo. Tú verás..." Le respondió el otro confiado. "Tú verás." Repitió cuando el primero le viró los ojos como si no le importase.

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La puerta se abrió de golpe. "¡¿Niña, todavía no estás?! ¡Avanza, que se nos está haciendo tarde! ¡Avanza!"

La jovencita se levantó poco a poco. Las rodillas le dolían y tenía las piernas entumecidas por llevar tanto tiempo arrodillada en el piso del cuarto. Entre sollozos, recogió un bultito con un par de sus pertenencias y salió hasta la sala. "¡Mami, ya!" Le gritó a su madre, quien intentaba hacer una llamada telefónica.

"Puñeta, ni los cabrones teléfonos funcionan ya," le escuchó decir furibunda justo antes de que reventara el teléfono contra el piso. Las piezas volaron en todas direcciones, una pegándole a la niña justo en la cara. "¡Ay, perdón!" Gritó la madre al darse cuenta que su pequeña no sólo la había escuchado diciendo barbaridades, sino que también había recibido un golpe a causa suya y corrió a cuidar de ella. "Perdón, m'hijita, perdón," le decía mientras la abrazaba; se le salían las lagrimas al decirlo. "Vente, vámonos. Vámonos ya. Nos encontramos con tu papá y tu abuela allá."

Salieron al trote de la casa y, justo antes de internarse entre la muchedumbre que corría por las calles, la madre detuvo a su hija: "Si nos separamos, llegas hasta la plaza, donde siempre nos sentamos a darle comida a las palomas, ¿sí? ¿Me escuchaste? ¿Entendiste bien?" A todo esto, la niña solo la miraba en silencio y asentía con la cabecita. "Te amo, ven." La madre tomó de la mano y juntas comenzaron a correr con los demás.

"¡Juan! ¡Juan!" Gritó la mujer con desesperación al avistar, luego de unos minutos, a uno de sus vecinos que se dirigía en la misma dirección que ellas. "Juan, dime: ¿qué sabes?" Dijo casi sin aire y deteniéndose para respirar, haciéndose a su vez a un lado para que la multitud pudiera pasar sin llevárselos de frente.

"No mucho, sólo que es inminente." Respondió él de igual manera, pero manoteando como loco. "Escuché que le sugirieron al Padre moverse pa'... pa' la plaza, pero que no quiso. Dice que si va a pasar algo así, que su lugar es solamente en la Casa de Dios y qué sé yo qué carajos más."

"¡Ay! ¡Ay, Dios mio!" Replicó la madre con desesperación, su cara escondida tras sus manos. "Vamos, vamos. La esperanza es lo último que se pierde." Y tras esto, volvió a coger a su niña de la mano y los tres comenzaron a caminar rápidamente en la misma dirección en la que corrían todos los demás.

Llegaron a la plaza. El lugar estaba lleno, pero más llena aún estaba la Iglesia. Entre empujones y pisotones, se acercaron lo más que pudieron a ella, pero no había forma de tan siquiera entrar al vestíbulo del templo; estaba completamente abarrotado, lo que nunca. Tampoco se podían distinguir voces, solo se escuchaba un murmullo general acompañado de llantos. Aunque era indistinguible lo que cada persona decía, algo estaba claro: todos oraban. La niña podría escurrirse entre la gente y lograr acceso al Sagrado recinto, pero decidió quedarse junto a su mami: si algo iba a pasar, no quería encontrarse sola. "¿Y Papi?" Preguntó, pero no tuvo contestación; en realidad, su voz pareció nunca haber logrado salir de su cuerpecito. De repente, todo enmudeció o quizás todos ensordecieron, una luz intensa los cegó... y todo se hizo nada.

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"Ya, ya... ya ganaste." Le dijo en tono de aburrimiento el cizañero, mientras jugaba con sus manos.

"Te dije que todos creían en Mí."
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