domingo, 4 de diciembre de 2011

Al límite de la decepción

Bien, pues, lo que sigue es otro cuento corto. Este resultó de un ejercicio de escritura que me inventé para matar el aburrimiento. Sucede que se me ocurrió una línea y pensé tuitearla, pero después me quedé pensando en que hacía tiempo que no escribía nada más largo que no fuese para la universidad. Así que se me ocurrió que esa línea sería el final a una historia que me inventaría al momento. He aquí el resultado:



Al límite de la decepción

Esperaba intranquilo alguna noticia mientras se fumaba un cigarrillo afuera: ya no valía la pena guardar sus pulmones para algún posible futuro encantador. Se sentó a pensar y una que otra lágrima se le logró escapar mientras veía toda su vida desmoronarse frente a él. Hacía más seis meses que vivía en casa de sus padres luego de intentar lograr una nueva vida en un país extranjero y fallar terriblemente en el intento. Por su apariencia, era marginado en todos sitios: trabajo, metro, restaurantes, en el edificio en el que vivía... hasta en el hospital al que fue cuando estuvo al borde de una pulmonía lo miraron de reojo antes de ver su pasaporte e identificación para proceder a darle servicios. Se pudo considerar afortunado, ya que fue horas después de salir del hospital, en el camino de regreso a su casa, que le hicieron una encerrona en la que le quitaron todas y cada una de sus pertenencias, incluídas las identificaciones que le salvaban de continuar recibiendo tratos a medias. En esos momentos, se preguntaba qué más podía salir mal; no sabía lo que le esperaba. Desconocía que la desgracia no te espera, te acecha.

Al regresar, se topó con la muerte de su madre. Nadie lo anticipó; aunque ya era una mujer un tanto mayor, siempre se le veía bien, cuidaba de sí y nunca faltaba a una cita médica sin antes fijar una nueva fecha para compensar por la ausentada. Lo único que la aquejaba eran dolores de cabeza, pero siempre los había sufrido, por lo que nadie consideró que una aneurisma no se está con miramientos y en sus caprichos, se le aloja a quien quiera. Sabiendo algo de psicología, sabía que a su padre tampoco le restaría mucho tiempo de vida.: un hombre al perder su pareja lo pierde todo, empezando por la paciencia y con su partida llega el estrés y con él se ve comprometido el sistema inmunológico, abriéndole paso a cualquier patógeno, y si a eso le sumaba la edad y la distimia que le diagnosticaron desde sus treinticinco años, nadie queda con un buen cuadro clínico.

Al poco tiempo, su padre ya estaba postrado en cama: el dolor no lo dejaba moverse; no era el cuerpo lo que le dolía, sino el alma y pasó de ser un hombre relativamente activo a un bulto tirado en una cama. Como no podía balancear el trabajo con el cuido de su padre y tampoco podía pagarle a alguien por que lo cuidase por que no tenía el dinero suficiente, se las veía negras más de las veces humanamente tolerables. Quien único pudiese haber hecho algo por su padre era su esposa, pero ella no podía estar haciendo fuerzas; ella se pasaba los días sentada en la casa, sin energías para hacer nada. Por alguna extraña condición, había perdido mucha masa muscular en muy poco tiempo y ningún doctor podía decirle qué era o cómo ayudarla.... Cuando las enfermedades y la desgracia se cuelgan de alguien, se cuelgan y fuerte.

Era él, acompañado, pero solo; contra todos y nadie a la vez. ¿Qué puede hacer un hombre normal ante las enfermedades que aquejan a sus familiares más cercanos, si el dinero que hace en el trabajo a penas le da para comer? Los servicios médicos están al alcance del pudiente solamente. En eso, su esposa pensó aprovecharse de su terrible situación y decidió instalarse en una esquina del pueblo a mendigar lo que pudiese a ver si lograba conseguir aunque fuese solo un poco de dinero extra para aportar a la casa. Su apariencia le facilitaba el trabajo: parecía estar más muerta que viva. Este cambio a él no lo dejaba dormir tranquilo, pero no le quedó más remedio que aceptar que lo hiciera; era eso o saltar unas cuántas comidas a la semana.

Pasaron unos cuántos meses más en los que aprendió a disfrutar al máximo de los días buenos... no por lo buenos, sino por su rareza. De alguna forma extraña lograban subsistir y, aunque las enfermedades ni de su padre o su esposa mejoraban, lograba sacarle una que otra sonrisa a ambos de vez en cuando. Eso era suficiente motivación para él seguir madrugando todos los días y salir a las 5AM para comenzar el único trabajo que consiguió en el que le pagaban más de diez dólares la hora. Su nuevo trabajo era construcción, allí trabajaba descamisado, pues la camisa la usaba de mascarilla, y al sol. Era extenuante, pero cada vez que estaba a punto de darse por vencido, pensaba en la última vez que pudo salir con su esposa antes de que la atacara su enfermedad, antes del infierno. Era bella y él trabajaría día y noche si fuese necesario para poder reestablecer su salud. Día y noche.

Iba ya por su séptimo cigarrillo y aun no pasaba ni media hora desde el primero. Vió al doctor salir y no hubo palabra que se aventurara a salir de ninguno... se supo inevitablemente marcado con el carimbo de la mala suerte: ella ya no iba a estar. Dió una vuelta, ni se molestó en recoger sus cosas y se fue al mismo lugar que van las promesas incumplidas a esperar que la muerte las pase a visitar.

lunes, 3 de octubre de 2011

¿Qué nos queda?

Hace tiempo que no escribía aquí y tenía un escrito empezado que quise subir... alguito de prosa poética al principio y un par de etcéteras después.... todo nacido de la frustración. Hoy lo edité un poco y decido dejarlo salir por que aunque no me parece tan bueno, hace más estando fuera que aquí conmigo....


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¿Qué nos queda?


Nos queda la nada y pronto la desesperación (¿o es al revés?), pero no nos damos cuenta por que andamos ahogados en cupones y promesas que nunca madurarán para ser cumplidas por que su intención nunca fue cumplirse, sino simplemente quedarse siendo palabra.... por que nos dan promesas conformistas que son felices quedándose en el aire y, como excelentes conformistas que aprendimos a ser, nos conformamos con eso y no pedimos más. No, no es cuestión de avaricia, es cuestión de pedir un trato justo, equitativo y respetuoso, nada de excesos, pero ni eso. No buscamos una vida placentera, tan siquiera... ¿Qué diría Freud si nos viera? No, claro, de placeres gozamos, pero solo de esos que llegan con cosas mundanas y triviales, no el placer real que produce una vida sana y productiva. ¿En qué momento de nuestra evolución nuestro organismo optó por eliminar el amor propio? Nos resolvemos como podemos en una sociedad ágil y astuta, que sabe más que nosotros por que nosotros mismos la dejamos ser así. ¡Y quién diga que hay lugar para cambio, que se atenga a las consecuencias!

No, aquí no se puede hablar de cambios... y de revoluciones, ni se diga. Son tabúes, mitos de la historia, cosas de leyendas. Eso que pasa allá en otras partes del mundo donde las personas se unen para trabajar por un mejor futuro son falacias... que son verdades que hay que ocultar a como dé lugar. Vamos, que no vaya a ser que nos dé un poco de curiosidad y querramos ver si ese tipo de cosas es posible acá.

Y la verdad se resume a que somos una nave al garete, víctima de amores patológicos que no nos dejan progresar. Vivimos en un mundo en el que ya las mujeres no quieren ser madres por miedo a traer niños a un mundo dañado; los hombres se matan unos a los otros por tener algo más en su bolsillo; los jóvenes ya no quieren estudiar por miedo a las deudas; y los ancianos tienen que volver a trabajar por que le han quitado retiros y los ahorros no le dan. Vivimos en un mundo en el que... todo está al revés y nada parece importar más que un par de ceros en un monitor, que supuestamente indican cuán rico o pobre eres. ¡¿Qué?!

¿Qué tan difícil es entender que es nuestra naturaleza humana la que nos da valor, no una cantidad monetaria, ni un título, ni un carro, ni una mansión, ni un trabajo, ni joyas, ni celulares, ni …. ni nada que no seamos nosotros mismos? Por lo visto, amamos todo lo que nos hace daño y eliminamos lo que nos pudiese sacar del atolladero, por lo que la pregunta de los sesenta y yo no sé cuántos chavitos sigue y seguirá siendo: ¿dónde dejamos nuestro raciocinio? 


No sé, pero espero lo encontremos pronto... si no es que ya es demasiado tarde.

martes, 18 de enero de 2011

Jorge

La historia que sigue la escribí el año pasado, días después de que ocurriera, pero no la había publicado por que me parecía incompleta. Hoy decidí sacarla a pasear...
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"Vamos a ir pa' la Perla, ¿no te molesta?" Me dijo mi novio mientras nos dirigía en dicha dirección. Yo me limité a encoger los hombros y seguirle el paso. Dentro de poco, habíamos cruzado la grama, pasado la muralla y bajado las escaleritas: oficialmente estábamos en la Perla. Era mi primera vez allí así que estaba pendiente a todo lo que estaba pasando tanto y como me permitiera la sombrilla y la lluvia, claro. Fuimos a la placita, donde tienen graffitis de gente importante como Albizu y Corretjer, y nos sentamos en el piso, en los únicos espacios que aún no estaban mojados. Estando allí, llegó un señor de apariencia dudosa y, de la nada, nos montó conversación.

Qué bueno que lo hizo. En media hora, quizás menos, aprendí que la gente con apariencia más extraña puede que sea la que te enseñe cosas de la vida que jamás olvidarás. Comenzó comentando que le extrañaba que no estuviese un hombre que él conocía por el área en la que nos encontrábamos los tres. Luego, no sé cómo pasó, pero siguió hablando de el lugar donde él vivía.

Me estuvo curioso que se empezara a quejar... y de los mismos problemas que se queja mi novio a diario: invasión a su privacidad. El señor se quejaba de que había conseguido un lugar donde vivir, sin puertas, ni ventanas, pero que por $10 a la semana, tenía agua y luz, gracias a un acuerdo al que había llegado con el dueño del lugar. Nos comentó que par de personas pasaban por su lugar y se quedaban haciendo escantes, aunque el no estuviese, como Pedros por su casa trasteándole todo. En ocasiones, había hasta niños corriendo y alborotos. Su punto era completamente lógico: él podía compartir su lugar de vivienda siempre y cuando le respetaran su espacio personal. Al fin y al cabo, él era el de los arreglos con el dueño, más nadie. Él pagaba sus $10 semanales sin falta y eran el resto de las personas las que más gozaban del lugar y si él osaba quejarse, le salían con malas crianzas. He aquí evidencia de que el interesado y vividor no tiene piedad alguna y que para ser parásito solo se necesita otro cuerpo a quién joder.

Le parecía raro que nosotros le estuviésemos haciendo caso por su apariencia, pero que en su vida se había encontrado con gentes que por fuera podría decirse que son bellos, pero llevaban un infierno adentro. Así como también nos comentó que muchas personas discriminan en su contra basados meramente en apariencias y no le dan oportunidad de expresarse y mostrarles a todos que, aunque su apariencia pudiese malinterpretarse por un ladrón cualquiera, era mejor persona que cualquier enchaquetado de negocios.

Nos habló del vicio y las drogas: un mundo demasiado conocido para él; según mi novio, juzgando por su dentadura (o falta de) debía ser adicto a crack, entre otras cosas. Nos comentó que ha visto personas hundirse en el vicio aún peor que él. Entonces, nos habló del por qué de eso, o sea, de muerte y de matones mayormente, y por ahí coló el drive que tienen algunos por matar: la adrenalina es tanta que se vuelve su adicción. "Esos son los que peores que están por que se arrepienten de hacer lo que han hecho. Mataron a alguien que no debían" y la conciencia es una que no calla nunca. Por eso se envuelven tanto en el vicio, para desconectarse por que la vida no se puede vivir bien si no se tiene la consciencia tranquila. Y aún cuando se pase cada momento despierto bajo el efecto de algún narcótico, la mente queda indefensa a la hora de dormir. Los sueños se encargan, entonces, de repetir lo que la consciencia repite hasta el cansancio mientras se está despierto. Entonces, la infelicidad como quiera se apodera de tí.

Evidentemente, la narración pierde su efecto ahora que lo cuento, pues han pasado un par de días mas que resumí, pero cuando él nos habló todo encajaba como un rompecabezas. Independientemente de si pude comunicar bien su mensaje o no, a mí me llegó y dudo que se me olvide. Jorge me dió un crash course en asuntos de la vida y esto es lo más que puedo hacer para que su enseñanza no se quede solo en mí. ¿Qué es lo que más ustedes tienen que aprender de mi experiencia en las calles? No sé si lo de arriba les haga mucho sentido o si alguna parte tan siquiera les parezca novedosa, pero quiero que salgan de aquí con la esperanza de que algún día un maestro de la calle les dirigirá la palabra y ustedes podrán escuchar.

A este tipo de personas usualmente las marginamos por sus apariencias sin recordar que son tan humanos como nosotros. Muchas veces, estamos tan enfuscados en nuestras vidas y en nuestros propios problemas que se nos olvida que todos los demás pasan por las mismas situaciones, pero en diferentes contextos. No importa la edad, la raza, el estatus social, apariencia física, etc., una persona puede convertirse en maestro en cualquier momento, solo hay que saberlos escuchar.
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