miércoles, 4 de noviembre de 2009

La apuesta

Lo que leerán a continuación se me ocurrió poco después de escribir "Corderitos" y la escribí más o menos para esa misma fecha, pero como resultó ser algo que no va acorde a mí, mis creencias, estilo usual, etc., no lo iba a publicar. Cambié de parecer justo ahora porque llevo ya un par de días sin escribir y no creo que la historia esté taaan mala como para merecer ser condenada a pasar toda su vida como un "borrador".

Ah, se me olvidaba: ¡ya mi blogsito cumplió 1 año! ¡Gracias por leer!

Bueno, a lo que vinimos:
***




"Cada vez son menos y menos los que creen en que existe un Dios..." Dijo con toda la mala intención posible, como suele hacer siempre. La mayoría--sino todos--sus comentarios siempre van en busca de incordiar hasta al más tranquilo e inocente de todos.

"Te apuesto lo contrario. Es más, te voy a probar que todos creen en algo. Tú verás..." Le respondió el otro confiado. "Tú verás." Repitió cuando el primero le viró los ojos como si no le importase.

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La puerta se abrió de golpe. "¡¿Niña, todavía no estás?! ¡Avanza, que se nos está haciendo tarde! ¡Avanza!"

La jovencita se levantó poco a poco. Las rodillas le dolían y tenía las piernas entumecidas por llevar tanto tiempo arrodillada en el piso del cuarto. Entre sollozos, recogió un bultito con un par de sus pertenencias y salió hasta la sala. "¡Mami, ya!" Le gritó a su madre, quien intentaba hacer una llamada telefónica.

"Puñeta, ni los cabrones teléfonos funcionan ya," le escuchó decir furibunda justo antes de que reventara el teléfono contra el piso. Las piezas volaron en todas direcciones, una pegándole a la niña justo en la cara. "¡Ay, perdón!" Gritó la madre al darse cuenta que su pequeña no sólo la había escuchado diciendo barbaridades, sino que también había recibido un golpe a causa suya y corrió a cuidar de ella. "Perdón, m'hijita, perdón," le decía mientras la abrazaba; se le salían las lagrimas al decirlo. "Vente, vámonos. Vámonos ya. Nos encontramos con tu papá y tu abuela allá."

Salieron al trote de la casa y, justo antes de internarse entre la muchedumbre que corría por las calles, la madre detuvo a su hija: "Si nos separamos, llegas hasta la plaza, donde siempre nos sentamos a darle comida a las palomas, ¿sí? ¿Me escuchaste? ¿Entendiste bien?" A todo esto, la niña solo la miraba en silencio y asentía con la cabecita. "Te amo, ven." La madre tomó de la mano y juntas comenzaron a correr con los demás.

"¡Juan! ¡Juan!" Gritó la mujer con desesperación al avistar, luego de unos minutos, a uno de sus vecinos que se dirigía en la misma dirección que ellas. "Juan, dime: ¿qué sabes?" Dijo casi sin aire y deteniéndose para respirar, haciéndose a su vez a un lado para que la multitud pudiera pasar sin llevárselos de frente.

"No mucho, sólo que es inminente." Respondió él de igual manera, pero manoteando como loco. "Escuché que le sugirieron al Padre moverse pa'... pa' la plaza, pero que no quiso. Dice que si va a pasar algo así, que su lugar es solamente en la Casa de Dios y qué sé yo qué carajos más."

"¡Ay! ¡Ay, Dios mio!" Replicó la madre con desesperación, su cara escondida tras sus manos. "Vamos, vamos. La esperanza es lo último que se pierde." Y tras esto, volvió a coger a su niña de la mano y los tres comenzaron a caminar rápidamente en la misma dirección en la que corrían todos los demás.

Llegaron a la plaza. El lugar estaba lleno, pero más llena aún estaba la Iglesia. Entre empujones y pisotones, se acercaron lo más que pudieron a ella, pero no había forma de tan siquiera entrar al vestíbulo del templo; estaba completamente abarrotado, lo que nunca. Tampoco se podían distinguir voces, solo se escuchaba un murmullo general acompañado de llantos. Aunque era indistinguible lo que cada persona decía, algo estaba claro: todos oraban. La niña podría escurrirse entre la gente y lograr acceso al Sagrado recinto, pero decidió quedarse junto a su mami: si algo iba a pasar, no quería encontrarse sola. "¿Y Papi?" Preguntó, pero no tuvo contestación; en realidad, su voz pareció nunca haber logrado salir de su cuerpecito. De repente, todo enmudeció o quizás todos ensordecieron, una luz intensa los cegó... y todo se hizo nada.

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"Ya, ya... ya ganaste." Le dijo en tono de aburrimiento el cizañero, mientras jugaba con sus manos.

"Te dije que todos creían en Mí."

6 comentarios:

  1. Cera caliente por mi cerebro...

    Muy bueno.

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  2. te quedo bueno!

    anda aniversario y to!

    F E L I C I D A D E S

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  3. Lo leí y vire pa'tras al principio.

    Me recordo a la película de Romero de Raúl Julia pero con el diablo y dios tirando dados apostando.

    Buen viaje.

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  4. Muy buen post! Escribes muy bien en verdad. Felicidades por el año de Bloguera!

    Me recordó mucho a la historia de Job. Léela, en serio (aunque no creas en la Biblia, lee el libro de Job), y me dices si eso fue o no una apuesta entre el Diablo y Dios.

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