martes, 24 de agosto de 2010

Soy materia


He muerto.

Mi ojo derecho se descompone rápidamente. A este festín ya han llegado todo tipo de microorganismos. Entre ellos, un gusano que comió y comió y comió de mí hasta la saciedad. Lamentablemente, este gusano no era tan fuerte como los demás. No pudo, quizá, con algún químico en mí y murió. Ahora somos ambos materia orgánica muerta que yace bajo unos cuantos pies de tierra en algún campo sin nombre.

Una solitaria semilla se logró colar entre esos pies. Agua también, impulsando y convenciendo esa semillita a germinar: un proceso nuevo de vida comenzaba en el mismo lugar donde dos, más abajo, ya habían llegado a su fin. La semilla comenzó de inmediato a soltar raíces. Al tiempo, hubo raíces por doquier, pero aún el tallo no lograba llegar a la superficie: le hacían falta más nutrientes. La desesperación comenzaba a reinar justo cuando una raíz muy astuta y arriesgada decidió hundirse más en el suelo para llegar más lejos que sus hermanas. Las otras, temerosas, le dijeron que era más seguro quedarse todas juntas, aunque su destino colectivo fuese morir. La obstinada raíz decidió que era mejor arriesgarlo todo y dejar atrás a las cobardes, si iba a morir, quería conocer algo más que el montón de tierra de donde germinaron todas. Así que, sin mucho titubeo, pero con mucha incertidumbre y un poco de positivismo, inició su ruta hacia el sur, mientras sus hermanas hacían lo imposible por absorber los pocos nutrientes que le quedaba a la parte de suelo donde se encontraban.

No tuvo que recorrer mucho camino. En un par de días llegó a mí; su sacrificio no había sido en vano. Estábamos todos de fiesta: yo descomponiéndome rápidamente con mi amigo gusano y los demás organismos deleitándose con el cuerpo que una vez fue mío. La raíz no fue bien recibida por los demás de primera intención, pero era un banquete al que todos estaban invitados y, como nadie la obligó a marcharse, por el mismo orificio que dejó un ojo que una vez intentó conocer el mundo, entró a mí.

Era un universo nuevo que le hubiese encantado conocer entero, pero tenía una misión que no debía atrasar: recolectar nutrientes para darle vida a sus hermanas moribundas ya y al tallo que hacía lo indecible por hacer contacto con el aire fuera del montículo de tierra. Una vez tocó fondo esa raíz, de inmediato envió un mensaje a sus hermanas: iban a sobrevivir. Muchas de las que recibieron el mensaje bajaron entusiasmadas hacia mi encuentro. Fui para ellas una promesa de vida y, en poco tiempo, lo que quedaba de mí estaba cubierto en no tan tímidas raíces que sin pena alguna extraían lo que necesitaban de mí. Y así fui haciéndome parte de la planta que intentaba nacer y me propuse que juntos todos llegaríamos a ser árbol y no les negué nada de mí. Lo que necesitasen era suyo. Era nuestro todo mi yo para salir a flote.

Una vez salimos, el Sol nos recibió calurosamente y nunca nos negó su energía; gracias a él, nuestro crecimiento nunca se detuvo. Aprendimos con él a hacer fotosíntesis y no hubo quién nos detuviese: éramos jóvenes e invencibles. Primero una hoja, luego dos, así nos hicimos tres, ya salía otra rama, otra hoja más, luego tres más y así nos convertimos rápidamente en un pequeño arbolito con muchas ganas de ser lo mejor que pudiésemos ser. Cada día crecíamos un poco más el gusano, el árbol y yo, aunque a simple vista, éramos sólo un árbol.

Pasado el tiempo, ya en el suelo no quedaba más rastro de quién una vez fui que mis huesos, que tardarían aún más en deshacerse. Lo importante era que sobre lo que una vez fue mi cuerpo humano, yacía un árbol enorme: llevábamos más de cien años ya y nuestro grueso tronco relataba toda nuestra historia a quien quisiera leer. 

Como todo, nuestra vida como árbol robusto y fuerte también llegó a su final. Un día inusual, de mucho viento y agua, nuestras raíces, viejas ya, perdieron agarre de la tierra bajo nosotros y con una última ráfaga y un gran estruendo, nos fuimos al piso. Nos negábamos a creerlo, pero todos los pájaros que habían hecho de nosotros su casa se fueron, igual las hormigas y cualquier otro animal que alguna vez nos consideró su hogar también nos abandonó. Poco a poco las hojas que una vez fueron casi verde neón dejaron de brillar para tornarse de un oscuro marrón... No podía creerlo, pero mi segunda muerte había llegado. 

Una vez más soy materia orgánica inerte lista para continuar el ciclo. Todos mis átomos volverán al todo de dónde los tomé prestados alguna vez.

6 comentarios:

  1. Me gusto mucho, en realidad si en algo creira seria en el panteismo... pense en eso cuando lo lei.

    ResponderEliminar
  2. La materia no muere, la materia se transforma. cuando empezé a leer pensé en una trama a lo Tim Burton,a lo CorpsBride, pero tu renacimiento fue bonito. Muy interesante el trabajo.

    ResponderEliminar
  3. Brutal! Tu viaje me recordó mucho un libro que se llama "La mujer habitada" que también está cabrón.

    Si se pudiera que lo entierren a uno sin ataud, eso sería perfecto para así más rápido hacerse uno con Borikén :)

    ResponderEliminar
  4. Muchas gracias a todos.

    @Yuly: Eso de La mujer habitada me suena...

    ResponderEliminar

¡Quéjate tu también!

Locations of      visitors to this page